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domingo, 1 de julio de 2012

Las cinco grandes Extinciones en nuestro Planeta...



La evolución biológica está sometida a profundas crisis, cinco de las cuales han sido especialmente devastadoras: las que marcan el final del Ordovícico, Devónico, Pérmico, Triásico y Cretácico . Después de la colisión de un cometa o un meteorito se producen gigantescos incendios, y la atmósfera queda saturada de polvo y gas, que bloquean la luz del Sol durante semanas o meses; entonces, la Tierra se enfría dramáticamente, con lo que los glaciares alcanzan latitudes medias y el nivel del mar desciende de forma acusada. En los últimos años, una ingente cantidad de datos ha servido para verificar la presencia de grandes impactos contra la Tierra en el origen de algunas de las más importantes extinciones en masa de la historia de la vida. Los paleontólogos consideran que los dinosaurios aparecieron hace unos 230 millones de años, compitiendo con muchas otras especies de reptiles durante el periodo Triásico. Hace 202 millones de años la mayoría de las especies competidoras desaparece, y las especies de dinosaurios adquieren mayor desarrollo, tamaño y conquistan todo el planeta. Un equipo internacional de paleontólogos ha analizado los estratos correspondientes a esa época en más de setenta puntos de Norteamérica, y los resultados se han publicado en la revista Science. Según los investigadores, el cambio se produjo muy rápidamente, en escala geológica: menos de cincuenta mil años. La presencia de Iridio apunta a un origen extraterrestre, aunque no descarta otros fenómenos: en esa zona correspondiente a hace 200 millones de años se produjo también una in
versión del campo magnético terrestre, de causa desconocida. El escenario propuesto por los autores en Science es que el impacto provocó, como sucedería 135 millones de años después, un cambio climático importante, que resultó ser un ventaja para los grandes saurios, mientras que otras especies desaparecieron: un 20% de las especies marinas, los últimos grandes anfibios y muchos otros reptiles (no dinosaurios) como los archosaurus y numerosos terápsidos. Hasta ahora, se planteaban hipótesis relacionados con cambios de clima graduales o cambios en el nivel de los océanos. Los datos apuntan, sin embargo, a un fenómeno más corto en el tiempo, más radical. Hasta ahora, se pensaba que una erupción masiva de basaltos en lo que hoy es la zona central del Atlántico podría ser la causa. Pero esta teoría ni explica el Iridio ni justifica la ausencia de cambios en los gases de la atmósfera. Queda, por el momento, localizar un cráter de la época adecuada para poder afirmar este nuevo escenario cataclísmico. Las dos extinciones mencionadas, la Triásico-Jurásico de hace 202 millones de año y la Cretácico-Terciario, de hace 65, son dos últimas de las grandes extinciones que consideran los paleontólogos. La primera marcó el final del periodo Ordovícico, hace 440 millones de años. La segunda, hace 365 millones de años, se corresponde con el Devónico tardío. La tercera, al fin del Pérmico, fue hace 225 millones de años. Y atendiendo a los datos encontrados fue la mayor de todas, alcanzando de muerte al 95% de las especies animales marinas y terrestres: se estuvo al borde de la extinción global. No todas ellas parecen mediadas por impactos cósmicos, sin embargo. La del Pérmico parece ligada a la formación de un solo continente, Pangea, en aquella época, debido a cambios en el nivel de los mares y la consecuente desaparición de numerosos ecosistemas. Ambos factores podrían haber provocado una disminución de los hábitats y la consecuente desaparición masiva.En cualquier caso las cinco grandes extinciones marcan no sólo alteraciones cuantitativas (muertes de grandes cantidades de seres vivos), sino también cualitativas. Esos cambios suponen la desaparición de numerosas especies y familias, y la aparición de otras nuevas. Algunos paleontólogos, como Richard Leakey, creen que estamos ante una sexta gran extinción, esta vez provocada por la especie humana…….
http://veritas-boss.blogspot.com.es/2012/06/las-cinco-grandes-extinciones-en.html

jueves, 26 de abril de 2012

Cronicas de la Tierra 04

04. ENTRE HADO Y DESTINO

¿Fue el Hado, o fue el Destino, el que llevó a Marduk con mano invisible a través de milenios de problemas y tribulaciones hasta su meta final: la supremacía en la Tierra?

No muchas lenguas disponen de esa opción en las palabras para ese «algo» que predetermina el resultado de los acontecimientos aún antes de que ocurran, e incluso en la nuestra sería difícil explicar la diferencia. Los mejores diccionarios explican un término con el otro, considerando como sinónimos de ambos «fatalidad», «suerte» y «fortuna». Pero en la lengua sumeria, y por tanto en la filosofía y en la religión sumerias, había una clara distinción entre los dos. Destino, NAM, era el curso predeterminado de los acontecimientos, un curso que era inalterable. Hado era NAM.TAR, el curso predeterminado de los acontecimientos que se podía alterar; literalmente, TAR, cortar, romper, molestar, cambiar.

La distinción no era una cuestión de mera semántica; era el centro de algo que afectaba y dominaba los asuntos de Dioses y hombres, de tierras y ciudades. ¿Acaso algo que iba a ocurrir, o algo que hubiera ocurrido, era Destino, era algo inalterable? ¿O era una combinación de acontecimientos azarosos, o de decisiones tomadas, o de altibajos temporales que podrían ser fatales o no, y que otro acontecimiento azaroso, o una oración, o un cambio en la forma de vida podría haber llevado a un resultado diferente? Y si era así, ¿cuál podría haber sido ese resultado diferente?

La fina línea para diferenciar entre los dos quizás esté desdibujada hoy en día, pero había una diferencia muy bien definida en tiempos sumerios y bíblicos. Para los sumerios, el Destino se iniciaba en los cielos, comenzando con los preordenados senderos orbitales de los planetas. En el momento en que el Sistema Solar obtuvo su forma y su composición, después de la Batalla Celestial, las órbitas planetarias se convirtieron en Destinos imperecederos; el término y el concepto pudieron aplicarse después al curso futuro de los acontecimientos en la Tierra, comenzando con los Dioses, que tenían sus homólogos celestes.

En el mundo bíblico, era Yahveh el que controlaba tanto Destinos como Hados, pero mientras los primeros estaban predeterminados y eran inalterables, los segundos (los Hados) podían verse afectados por las decisiones humanas. Debido a las fuerzas primeras, el curso de los acontecimientos futuros se podía predecir con años, siglos o incluso milenios de antelación, como cuando Yahveh le reveló a Abraham el futuro de sus descendientes, incluida la estancia de cuatrocientos años en Egipto (Génesis 15,13-16).
El cómo fuera a acaecer esa estancia (se originó con la búsqueda de alimentos durante una gran hambruna) era una cuestión de Hado; que la estancia comenzara con una inesperada bienvenida (debido a que José, mediante una serie de ocurrencias consecutivas, se convertiría en primer ministro de Egipto) era cuestión de Hado; pero que la estancia (después de un período de esclavitud) terminara con un Éxodo liberador en un momento predeterminado era un Destino, preordenado por Yahveh.

Por haber sido llamados por Dios a la profecía, los profetas bíblicos podían predecir el futuro de reinos y países, de ciudades, reyes e individuos. Pero dejaban claro que sus profecías eran meras expresiones de las decisiones divinas. «Así dice Yahveh, Señor de los Ejércitos» era como solía comenzar el profeta Jeremías cuando se predecía el futuro de reinos y soberanos. «Así dice el Señor Yahveh», anunciaba el profeta Amos.

Pero en cuanto a los Hados, el libre albedrío y la libertad de elección de las personas y las naciones podían entrar, y de hecho entraban, en juego. A diferencia de los Destinos, los Hados se podían alterar, y se podían evitar los castigos si la rectitud sustituía al pecado, si la piedad sustituía a la profanación, si la justicia sustituía a la injusticia.
«No es la muerte del malvado lo que busco, sino que el malvado cambie de conducta y viva», le dice el Señor Dios al profeta Ezequiel (33,11).
La distinción que hicieron los sumerios entre Hado y Destino, y el modo en que ambos pueden jugar su papel en la vida de una persona, queda de manifiesto en la historia vital de Gilgamesh. Como ya hemos dicho, era hijo del sumo sacerdote de Uruk y de la Diosa Ninsun.
Cuando creció y comenzó a pensar en los temas de la vida y la muerte, le planteó la pregunta a su padrino, el Dios Utu/Shamash:
En mi ciudad, muere el hombre; oprimido está mi corazón.
El hombre perece, pesaroso está mi corazón...
Ni el hombre más alto puede alcanzar el cielo;
Ni el hombre más ancho puede cubrir la Tierra.
¿También «miraré yo por encima del muro»?
¿También seré marcado yo por el hado de este modo?
La respuesta de Utu/Shamash no fue muy estimulante.
«Cuando los Dioses crearon a la Humanidad -le dijo-, le asignaron la muerte a la Humanidad; conservaron la Vida para su propia custodia. Éste es vuestro Destino; así, mientras estés vivo, y lo que hagas mientras tanto, es un Hado que se puede cambiar o alterar, disfrútalo y aprovéchalo al máximo.»
¡Manten tu vientre Heno, Gilgamesh;
estáte alegre día y noche!
¡De cada día, haz una fiesta de regocijo;
día y noche, baila y juega!
Que tus prendas exhalen frescura,
báñate en el agua, que te laven la cabeza.
Presta atención a lo pequeño que sostienes en tu mano,
Deja que tu esposa disfrute en tu pecho.
Éste es el hado de la Humanidad.
Al recibir esta respuesta, Gilgamesh se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era tomar una acción drástica para cambiar su Destino, no simplemente su Hado; de otro modo, encontraría el mismo fin que cualquier mortal.
Con la reluctante bendición de su madre, se embarcó en un viaje hasta el Lugar de Aterrizaje, en las Montañas de los Cedros, para unirse allí a los Dioses. Pero el Hado intervino una y otra vez. Primero, en la forma de Huwawa, el robótico guardián del Bosque de Cedros; después, a través del deseo carnal de Inanna/ Ishtar por el rey, y el desaire que llevó a la muerte del Toro del Cielo. Gilgamesh y su compañero Enkidu reconocieron y consideraron ya entonces, incluso después de matar a Huwawa, el papel del Hado (Namtar).
En el texto épico se cuenta cómo los dos camaradas se sientan y contemplan el esperado castigo. Enkidu, siendo el que había dado el golpe de gracia, pondera cuál será su hado. Gilgamesh le conforta: «No te preocupes -le dice-: es cierto que el «Conjurador» Namtar puede devorar, pero también deja que el pájaro cautivo vuelva a su lugar, deja que el hombre cautivo regrese al seno de su madre.» Caer en las manos de Namtar no es algo inalterable; con frecuencia, el Hado invierte su sentido.

Negándose a rendirse, Gilgamesh se embarcó en un segundo viaje, esta vez al espaciopuerto de la península del Sinaí. Sus problemas y tribulaciones durante el viaje fueron incontables, pero perseveró. Al final, se las ingenió para conseguir el fruto que le habría dado la eterna juventud; pero una serpiente se lo arrebató cuando el cansado Gilgamesh se quedó dormido, y volvió a Uruk con las manos vacías, para allí morir.

Una serie de preguntas del tipo ¿qué habría pasado si...? vienen de forma natural a la mente.
  • ¿Qué habría pasado si las cosas hubieran terminado de otra forma en las Montañas de los Cedros?
  • ¿Habría conseguido Gilgamesh ascender a los cielos y unirse a los Dioses en su planeta?
  • ¿Qué habría pasado si no se hubiera quedado dormido y hubiera conservado la Planta de la Eterna Juventud?
Un texto sumerio titulado por los expertos La Muerte de Gilgamesh nos proporciona una respuesta. Explica que el fin estaba predeterminado; que no había forma de que Gilgamesh, tomando en sus propias manos su Hado una y otra vez, pudiera haber cambiado su Destino. El texto ofrece esta conclusión dando cuenta de un sueño-augurio de Gilgamesh en el que había una predicción de su fin. He aquí lo que se le dice al héroe:
Oh, Gilgamesh, éste es el significado del sueño: El gran Dios Enlil, padre de los Dioses, había decretado tu destino. Él determinó el hado de tu realeza; pero no te ha destinado para la vida eterna.
A Gilgamesh se le dice que su Hado ha sido desautorizado por el Destino. El Hado le había llevado a ser rey; pero el Destino no le iba a permitir evitar la muerte.
Y, así destinado, se dice de la muerte de Gilgamesh:
«Él, que fuera firme de músculo, yace incapaz de levantarse... Él, que había ascendido montañas, yace, no se levanta.»
«En el lecho de Namtar yace, no se levanta.»
El texto hace una relación de todas las cosas buenas que había vivido Gilgamesh: la realeza, las victorias en la batalla, la bendición de la familia, sus fieles sirvientes, sus hermosas vestimentas; pero, reconociendo la interacción entre Hado y Destino, concluye explicándole a Gilgamesh: las dos cosas, «la luz y la oscuridad de la Humanidad se te concedieron». Pero, al final, dado que el Destino se impuso al Hado, «Gilgamesh, el hijo de Ninsun, yace muerto».

La pregunta ¿Qué habría pasado si...? se puede extender desde una persona hasta abarcar a toda la Humanidad. ¿Qué habría ocurrido con el curso de los acontecimientos en la Tierra (y en otras partes del Sistema Solar) si el plan original de Ea de obtener oro de las aguas del Golfo Pérsico hubiera tenido éxito?
En un giro crucial de los acontecimientos, Anu, Enlil y Ea echaron las suertes para ver quién gobernaría en Nibiru, quién iría a las minas en el sureste de África y quién se encargaría del desarrollado Edin. Ea/Enki fue a África y, encontrándose allí a los evolucionados homínidos, pudo decir a los Dioses en la asamblea:
¡El Ser que necesitamos, existe; todo lo que tenemos que hacer es ponerle nuestra marca genética!
El texto del Atra Hasis, reunido por W. G. Lambert y A. R. Millard a partir de diversas interpretaciones y de muchos fragmentos, cuenta de este modo el trascendental instante:
Los Dioses se han tomado de las manos, han echado suertes y han repartido.
¿Habría tenido lugar esa hazaña de ingeniería genética si Anu o Enlil hubiera sido el que fuera al sureste de África?

¿Habríamos aparecido de todas formas sobre el planeta, a través de la evolución solamente? Es muy probable, pues así es como los Anunnaki (¡de la misma simiente de vida!) evolucionaron en Nibiru, aunque mucho antes que nosotros. Pero, en la Tierra, nosotros aparecimos a través de la ingeniería genética, cuando Enki y Nimah se adelantaron a los acontecimientos de la evolución e hicieron al Adán, el primer «bebé probeta».

La lección de La Epopeya de Gilgamesh es que el Hado no puede cambiar el Destino. Creemos que la aparición del Homo sapiens en la Tierra fue una cuestión de Destino, un resultado final que podría haber sido retrasado o conseguido de otro modo, pero que se habría alcanzado sin duda alguna.
De hecho, creemos que, aun cuando los Anunnaki hubieran estimado que su llegada a la Tierra había sido una decisión suya, basada en sus propias necesidades, esto también estaba, así lo creemos, predeterminado, destinado por un plan cósmico. E igualmente creemos que el Destino de la Humanidad será el repetir lo que los Anunnaki nos hicieron a nosotros, yendo a otro planeta para comenzar todo el proceso de nuevo.

Uno de los que comprendió la conexión entre el Hado y las doce constelaciones zodiacales fue el propio Marduk. Éstas constituían lo que hemos llamado Tiempo Celestial, el vínculo entre el Tiempo Divino (el período orbital de Nibiru) y el Tiempo Terrestre (el año, meses, estaciones, días y noches resultantes de la órbita terrestre, de su inclinación y de la rotación sobre su eje).
Las señales celestes que Marduk invocó (la llegada de la Era Zodiacal del Carnero) eran señales en el reino del Hado. Lo que él necesitaba para solidificar su supremacía, para eliminar de ella la idea de que, como Hado, se podía cambiar, revisar o invertir, era un Destino Celestial. Y para ese fin ordenó lo que se podría considerar la falsificación más audaz jamás perpetrada.

Estamos hablando del texto más sagrado y básico de los pueblos de la antigüedad: La Epopeya de la Creación, el núcleo y lecho de roca de su fe, su religión y su ciencia.

Llamado a veces por los versos de inicio Enuma elish (Cuando en las Alturas del Cielo), era un relato de los acontecimientos en los cielos que implicaron a los Dioses celestiales en una Batalla Celestial, cuyos resultados hicieron posible todo lo bueno en la Tierra, incluida la existencia de la Humanidad.
Los expertos que comenzaron a recomponer el texto a partir de muchos fragmentos, todos ellos, sin excepción, lo vieron como un mito celestial, una alegoría de la lucha eterna entre el bien y el mal.
El hecho de que muchas esculturas murales descubiertas en Mesopotamia representaran a un Dios alado (es decir, celestial) luchando con un monstruo alado (es decir, celestial) cristalizó la noción de que había un antiguo precursor del relato de San Jorge y el Dragón. De hecho, algunas de las primeras traducciones del texto parcial lo titularon Bel y el Dragón. En aquellos textos, el Dragón recibía el nombre de Tiamat, y Bel («el Señor») no era otro que Marduk.

Fue ya en 1876 cuando George Smith, recomponiendo fragmentos en el Museo Británico de tablillas de arcilla inscritas de Mesopotamia, publicó la obra maestra The Chaldean Génesis, que sugería la existencia de una historia babilónica que se correspondía con partes de la creación en el Génesis de la Biblia; y después, el Custodio de Antigüedades de Babilonia del Museo, L. W. King, lo siguió con su autorizada obra The Seven Tablets of Creation para dejar definitivamente establecida la correlación entre los siete días bíblicos de la creación y las anteriores fuentes mesopotámicas.

Pero, si ése había sido el caso, ¿cómo se le podía seguir llamando alegoría al texto babilónico? Pues, haciéndolo así, también se catalogaba como de alegoría, y no de Acto Divino inalterable, el relato del Génesis, que había sido el lecho de roca del monoteísmo y de las creencias judeocristianas.

En nuestro libro El 12° Planeta, de 1976, sugeríamos que ni el texto mesopotámico ni la condensada versión bíblica eran mito ni alegoría. Sugeríamos que se basaban en una cosmogonía de lo más sofisticada, una cosmogonía que, basada en una avanzada ciencia, describía paso a paso la creación de nuestro Sistema Solar; y luego hablaba de la aparición de un planeta extraviado desde el espacio exterior que había entrado en nuestro Sistema Solar para terminar colisionando con un antiguo miembro de la familia del Sol.
La subsiguiente Batalla Celestial entre el invasor («Marduk») y el antiguo planeta (Tiamat) llevó a la destrucción de este último. La mitad de él quedó convertido en pedazos y conformó el Brazalete Repujado; la otra mitad cambió de órbita y se convirtió en el planeta Tierra, llevando consigo al satélite más grande de Tiamat, la Luna. Y el invasor, atraído hasta el centro de nuestro Sistema Solar y ralentizado por la colisión, se convirtió en el duodécimo miembro del sistema.

En un libro posterior, Genesis Revisited (1990), demostramos que todos los avances en nuestros conocimientos celestes corroboraban el relato sumerio, un relato que explicaba satisfactoriamente la historia de nuestro Sistema Solar, el enigma de los continentes de la Tierra, agrupados sólo en un lado, con un inmenso hueco (la cuenca del Pacífico) en el otro lado, el origen del Cinturón de Asteroides y de la Luna, el motivo de que Urano yazga de costado y el de la extraña órbita de Plutón, etc. Los conocimientos extras que hemos obtenido a través del estudio de los cometas, de la utilización del telescopio espacial Hubble y de las exploraciones de la Luna (tripuladas) y de otros planetas de nuestro Sistema Solar (con naves no tripuladas) siguen corroborando los datos súmenos, tal como los hemos interpretado.

Al llamar sumeria, más que babilónica, a la cosmogonía subyacente a La Epopeya de la Creación, estamos dando una pista de la verdadera fuente y naturaleza del texto. El descubrimiento de fragmentos de una versión sumeria más antigua del Enuma elish convenció a los expertos de que La Epopeya de la Creación fue originalmente un texto sumerio en el cual el planeta invasor recibía el nombre de NIBIRU, y no el de «Marduk».
Los expertos están convencidos ahora de que la existente versión babilónica fue una falsificación deliberada que pretendía equiparar al Marduk que había en la Tierra con el «Dios» celestial/planetario que cambió la disposición de los cielos, que le dio al Sistema Solar su forma actual y que, por decirlo de alguna manera, creó la Tierra y todo lo que en ella había. Ahí se incluía a la Humanidad, pues, según la versión original sumeria, fue Nibiru el que, viniendo desde otra parte del universo, trajo consigo la «Simiente de Vida» y se la transmitió a la Tierra durante la colisión.

(A este respecto, habría que puntualizar que la ilustración que durante tanto tiempo se pensó que representaba a Marduk luchando con el Dragón es, también, completamente errónea. Es una pintura de Asiría, donde el Dios supremo era Assur, y no de Babilonia; se representa a la deidad a modo de Hombre Águila, lo cual indica un ser enlilita; el tocado divino tiene tres pares de cuernos, lo cual indica un rango de 30, que no era el rango de Marduk; y como arma lleva un rayo ahorquillado, arma divina de Ishkur/Adad, hijo de Enlil, no de Enki.)

Tan pronto como Marduk se hizo con la soberanía en Babilonia, se cambiaron los ritos del Año Nuevo para requerir la lectura pública (en la cuarta noche de la festividad) del Enuma elish en su nueva versión babilónica; en ésta, la supremacía de Marduk en la Tierra sólo era equiparable a su supremacía en los cielos, como el planeta de mayor órbita, aquel que abarca a todos los demás en su recorrido.

La clave para esta distinción fue el término «Destino». Aquél fue el término utilizado para describir los senderos orbitales. La órbita, eterna, inalterable, era el Destino de un planeta; y eso es lo que se le había concedido a Marduk, según el Enuma elish.

En cuanto uno se da cuenta de que éste es el significado y la trascendencia del término antiguo para designar las «órbitas», puede seguir los pasos a través de los cuales Marduk alcanzó el Destino. El término se utiliza, por primera vez en el texto, en relación con el principal satélite de Tiamat (que en el texto recibe el nombre de Kingu). Al principio es sólo uno de los once satélites (lunas) de Tiamat; pero cuando «crece en estatura», se convierte en el «jefe de su hueste».
Tiamat fue en otro tiempo el único planeta grande, además de consorte de Apsu (el Sol), pero Tiamat «se hizo altanera», y se molestó al ver a otros Dioses celestiales aparecer por parejas: Lahmu y Lahamu (Marte y Venus) entre ella y el Sol (donde hasta entonces sólo había estado el mensajero del Sol, Mummu/Mercurio), Kishar y Anshar (Júpiter y Saturno, éste último con su mensajero Gaga/ Plutón);y Anu y Nudimmud (Urano y Neptuno).
Tiamat y su grupo de lunas por una parte, y los nuevos planetas por la otra, en un Sistema Solar todavía inestable, comenzaron a invadirse mutuamente sus dominios.
Los demás se llegaron a sentir especialmente preocupados cuando Tiamat le concedió «ilegalmente» a Kingu, su mayor satélite, el privilegio de tener su propia órbita (de convertirse en un planeta hecho y derecho):
Ella ha establecido una Asamblea... ha albergado a Dioses-monstruos; hasta once de esta especie ha adelantado.

De entre los Dioses que formaban su Asamblea ha elevado a Kingu, su primogénito, convirtiéndole en jefe entre los Dioses; Ella exaltó a Kingu, en su mitad le hizo grande...

Le dio una Tablilla de Destinos, se la sujetó sobre el pecho, [diciendo:] «¡Ahora, la orden nunca será alterada, el decreto será inalterable!»
Incapaces de resistir a la «terrible hueste» de Tiamat por sí solos, los Dioses celestiales vieron venir la salvación desde fuera del Sistema Solar.
En los cielos primordiales sucedió como cuando fue creado El Adán, cuando hubo que enfrentarse a un callejón sin salida: fue Ea («Nudimmud», el «Creador Artificioso» en sumerio) el que trajo a la criatura salvadora. Siendo el planeta más exterior, frente a lo «Profundo» (el espacio exterior), atrajo a un extranjero, a un nuevo planeta que pasaba por las cercanías del Sistema Solar como consecuencia de una catástrofe, de un lejano accidente cósmico. El nuevo planeta era la consecuencia del Hado, y no orbitaba todavía a nuestro Sol: aún no tenía Destino.

En la Cámara de los Hados, el Salón de los Designios, Bel, el sapientísimo, el más sabio de los Dioses, fue engendrado; en el corazón de lo Profundo fue creado el Dios.

Merece la pena destacar que el planeta recién llegado, un Dios celestial, recibe el nombre de Bel, «El Señor», incluso en la versión babilónica; y en la versión asiría, la palabra «Bel» se sustituye por la palabra «Assur». En la versión babilónica (la más empleada normalmente en nuestros días) se repite, no obstante, la última línea, y en esta segunda interpretación lo hace así: «En el corazón del puro Profundo fue creado Marduk», el añadido de la palabra puro pretendía no dejar duda a la hora de explicar el origen del nombre MAR.DUK, «Hijo del Lugar Puro». (Esta doble interpretación es una de las pistas que descubren la falsificación).

Más allá de Ea (Neptuno), Anu (Urano) dio la bienvenida al invasor. La creciente fuerza gravitatoria hizo que del invasor brotaran cuatro lunas, al tiempo que la atracción le llevaba hacia el centro del Sistema Solar. Para cuando llegó junto a Anshar (Saturno), y brotaron tres lunas más, el invasor estaba ya inexorablemente cautivo en la red gravitatoria del Sol. Su rumbo se curvó hacia el interior , comenzando a formar un sendero orbital alrededor del Sol. ¡Es decir, el invasor estaba previendo un Destino para sí mismo!

En el momento Anshar/Saturno le «besó».
Los Dioses, sus antepasados, determinaron entonces el destino de Bel;
le pusieron en el sendero, el camino hacia el logro y la consecución.
Bel descubrió que el sendero que, de este modo, se le había decretado llevaba rumbo de colisión con Tiamat. Estaba dispuesto a aceptar el desafío, pero con una condición.
Convirtiéndose ahora en Marduk (tanto celestial como en la Tierra), le dijo a Anshar:
Señor de los Dioses, tú que determinas los destinos de los grandes Dioses: ¡Si yo he de ser tu Vengador, para vencer a Tiamat y salvar vuestras vidas, convoca a la Asamblea divina, proclama supremo mi Destino!
Los Dioses celestiales aceptaron las condiciones de Marduk. «Para Marduk, su Vengador, decretaron un destino», y ese Destino, esa órbita, «será inigualable». Entonces, le dijeron: ¡ve y mata a Tiamat!

La Batalla Celestial que vino a continuación se describe en la cuarta tablilla del Enuma elish. Llevando un rumbo de colisión inevitable, Marduk y Tiamat se lanzaron rayos, ardorosas llamas y redes gravitatorias entre sí, «sacudiéndose con furia». Durante la aproximación, en la que Tiamat se movía como todos los planetas, en dirección contraria a las manecillas del reloj, mientras Marduk seguía el curso de las manecillas, fue una de las lunas de Marduk la que golpeó primero a Tiamat; luego, otra y otra de sus lunas golpearon a Tiamat, «desgarrando sus entrañas, partiéndola».
Un «rayo divino», un inmenso rayo eléctrico, salió después desde Marduk para penetrar en la fisura, y «el aliento vital de Tiamat se extinguió».
El intacto Marduk continuó su recorrido, hizo una órbita y volvió al lugar de la batalla.
Esta vez fue él mismo el que golpeó a Tiamat con consecuencias trascendentales. A la mitad de Tiamat la hizo pedazos, hasta convertirlos en la Gran Banda (el Cinturón de Asteroides); la otra mitad, golpeada por una luna de Marduk llamada Viento Norte, fue desplazada hasta un nuevo lugar en los cielos, para terminar convirtiéndose, en una nueva órbita, en la Tierra. Su nombre sumerio, KI (del cual proviene el acadio/hebreo «Gei» y el griego «Gaia») significa «la hendida» .

Cuando las lunas de Tiamat se dispersaron (muchas cambiaron de dirección hasta tomar órbitas retrógradas, en el sentido de las manecillas del reloj), Marduk determinó el destino de la mayor de aquellas lunas, Kingu:
Él le quitó la Tablilla de los Destinos, que no era legítimamente de Kingu,la marcó con un selloy se la sujetó a su propio pecho.
Finalmente, Marduk había obtenido un Destino permanente, inalterable; un sendero orbital que, desde entonces, ha venido trayendo al antiguo invasor una y otra vez hasta el lugar de la Batalla Celestial donde una vez estuvo Kingu. Junto con Marduk, y contando a Kingu (nuestra Luna), pues ésta había tenido un destino, el Sol y su familia sumaban doce.
Proponemos que fue esta suma la que determinaba que fuera el doce el número celestial. De ahí, las doce estaciones («casas») del zodiaco, los doce meses del año, las doce horas dobles del ciclo día-noche, las doce tribus de Israel, los doce apóstoles de Jesús.

Los sumerios consideraban la morada (llamada «centro de culto» por la mayoría de los expertos) de Enlil como el Ombligo de la Tierra, un lugar desde el cual eran equidistantes otras localidades, el epicentro de unos emplazamientos ordenados de forma concéntrica por los Dioses. Aunque se la conoce más por su nombre acadio/semita de Nippur, su nombre sumerio era NIBRU.KI, «El Lugar del Cruce»,y representaba en la Tierra el Lugar Celestial del Cruce, el punto de la Batalla Celestial al cual Nibiru sigue volviendo cada 3.600 años.

Haciendo el papel de un Centro de Control de Misiones, Nippur fue el sitio del DUR.AN.KI, el «Enlace Cielo-Tierra», desde el cual se controlaban las operaciones espaciales de los Anunnaki, y con respecto al cual se mantenían y calculaban los mapas celestes y todas las fórmulas relativas a movimientos celestes de los miembros de nuestro Sistema Solar, así como el seguimiento del Tiempo Divino, el Tiempo Celeste y el Tiempo Terrestre y sus interrelaciones.

Este seguimiento de lo que se tenía por senderos orbitales inalterables se llevaba a cabo con la ayuda de las Tablillas de los Destinos. Podemos sospechar sus funciones, así como las de la cámara sagrada donde éstas zumbaban, leyendo lo que sucedió cuando se detuvo repentinamente su funcionamiento.
El texto sumerio en el que se habla de esto, bautizado por los traductores como El Mito de Zu, trata de la intriga del Dios Zu (descubrimientos posteriores revelaron su nombre completo, AN.ZU, «El Conocedor de los Cielos») para usurpar el Enlace Cielo-Tierra apoderándose de las Tablillas de los Destinos. Todo se detuvo; «el brillo resplandeciente desapareció; el silencio imperó»; y en los cielos, aquellos que tripulaban la lanzadera y la nave espacial, «los Igigi, en el espacio, estaban confundidos».
(El relato épico termina con la derrota de Zu a manos de Ninurta, el hijo de Enlil, la reinstalación de las Tablillas de los Destinos en el Duranki y la ejecución de Zu.)

La distinción entre un Destino inalterable y un Hado que se podía alterar o evitar quedó patente en un Himno a Enlil de dos partes en el que se describen sus poderes tanto para decretar Hados como para pronunciar Destinos:
Enlil:
en los cielos es el Príncipe,
en la Tierra es el Jefe.
Su mandato es de largo alcance,
su pronunciamiento es noble y sagrado;
el pastor Enlil decreta los Hados.

Enlil:
Su mandato en las alturas hace temblar los cielos,
abajo, hace que la Tierra se sacuda.
Pronuncia los destinos hasta el distante futuro,
sus decretos son inalterables.
Es el Señor que conoce el destino del País.
Los sumerios creían que los Destinos eran de naturaleza celestial. Aún siendo de tan alto rango como era Enlil, sus pronunciamientos de Destinos inalterables no venían como resultado de sus propias decisiones o planes. Él daba a conocer la información; él era el «señor que conoce el Destino del país», él era el «llamado digno de confianza»; no era un profeta humano, sino divino.

Esto era algo bastante diferente de los casos en los que, en consulta con los demás Dioses, Enlil decretaba los Hados. A veces, consultaba sólo con su visir de confianza, Nusku:
Cuando en su grandiosidad decreta los hados, su mandato, las palabras que hay en su propio corazón, a su exaltado visir, el chambelán Nusku, hace saber, a él le consulta.
En este himno, no sólo se representa a Nusku, el chambelán de Enlil, como participante en la decisión de Hados; también se incluye a la esposa de Enlil, Ninlil:
La madre Ninlil, la sagrada esposa, de palabras graciosas...La elocuente, cuyo discurso es elegante, se ha sentado a su lado...Ella habla elocuentemente contigo, susurra palabras a tu lado, decreta los hados.
Los súmenos creían que los Hados, se hacían, se decretaban y se alteraban en la Tierra; y a pesar de las palabras de adoración del himno o de una consulta mínima, parece que la determinación de Hados (entre los que se incluía el del mismo Enlil) se alcanzaba mediante un proceso que tenía mucho de democrático, que era muy parecido al de una monarquía constitucional.
Los poderes de Enlil parecían provenir no sólo de arriba, de Anu y Nibiru, sino también de abajo, de una Asamblea de Dioses (una especie de parlamento o congreso). Las decisiones más importantes (decisiones de hados) se hacían en un Consejo de los Grandes Dioses, una especie de Gabinete de Ministros donde las discusiones se convertían a veces en debates y, con frecuencia, en acaloradas discusiones.

Las referencias al Consejo y a la Asamblea de los Anunnaki son numerosas. La creación de El Adán fue un tema discutido así; al igual que la decisión de barrer a la Humanidad de sobre la faz de la Tierra en el momento del Diluvio. Aquí se dice con toda claridad que «Enlil abrió la boca para hablar y dirigirse a la Asamblea de los Dioses». Enki se opuso a la sugerencia de aniquilar a la Humanidad y, al fracasar en su intención de convencer a los asambleados, «acabó harto de la reunión en la Asamblea de los Dioses». Más tarde, leemos que, cuando los Dioses estaban orbitando la Tierra en sus naves, observando el desastre de abajo, Ishtar se lamentaba por lo que veía y se preguntaba cómo podía haber votado por la aniquilación de la Humanidad: «¿Cómo pude, en la Asamblea de los Dioses, dar yo misma mal consejo?»

Y después del Diluvio, cuando los remanentes de la Humanidad comienzan a henchir la Tierra de nuevo y los Anunnaki comienzan a dar la civilización a la Humanidad e instituyen la Realeza como modo para tratar con las crecientes masas de humanos. Los grandes Anunnaki que decretan los Hados se sentaron para intercambiar consejos en lo referente al país.

Esta forma de determinar los Hados no se limitaba a los asuntos del Hombre; también se aplicaba a los asuntos de los mismos Dioses. Así, cuando Enlil, poco después de llegar a la Tierra, se encaprichó de una joven Anunnaki y mantuvo relaciones sexuales con ella a pesar de sus objeciones, el mismo Enlil fue sentenciado al destierro, en primer lugar, por «los cincuenta Dioses Superiores reunidos en asamblea», y luego por los «Dioses que decretan los Hados, los siete de ellos».

De este modo se confirmó, según la versión babilónica del Enuma elish, el Destino de Marduk para su supremacía en la Tierra (y en su homólogo celeste). En este texto, se describe a la Asamblea de los Dioses como una reunión de Dioses Superiores, provenientes de diversos lugares (y quizá no sólo de la Tierra, pues, además de Anunnaki, entre los delegados había también Igigi). El número de los reunidos era de cincuenta, un número que se corresponde con el rango numérico de Enlil. En los textos acadios, se les designa como Ilani rabuti sha mushimu shimati -«Superiores/Grandes Dioses que determinan los Hados».

Al contar cómo se reunieron estos Dioses Superiores para proclamar la supremacía de Marduk, el Enuma elish pinta una escena de camaradería, de amigos que no se han visto durante bastante tiempo. Llegaron a un Lugar de Asamblea especial;
«se besaron unos a otros... Hubo conversación; se sentaron para el banquete; comieron pan festivo, bebieron vino de primera calidad».
Y después, la camaradería se hizo solemne cuando los «Siete Dioses del Destino» entraron en el Salón de la Asamblea y se sentaron para dar inicio a los asuntos a tratar.

Por motivos no explicados, se puso a prueba a Marduk en cuanto a sus poderes mágicos. Los Anunnaki reunidos dijeron, muéstranos cómo «puedes ordenar destruir, así como ordenar crear».

Formaron un círculo y «pusieron en él imágenes de las constelaciones». El término, Lamashu, identifica indudablemente a los símbolos/imágenes del zodiaco. «¡Abre la boca -le dijeron-, que se desvanezcan las imágenes! ¡Habla de nuevo, y que reaparezcan las constelaciones!»

Instado a ello, Marduk realizó el milagro:
El habló, y las constelaciones se desvanecieron; él habló de nuevo, y las imágenes se restablecieron. Cuando los Dioses, sus mayores, vieron el poder de su pronunciamiento, se regocijaron y proclamaron:
«¡Marduk es supremo!»
«Le entregaron el cetro, el trono y la túnica real», una túnica resplandeciente, como muestran las representaciones babilónicas.
«Desde este día -anunciaron-, tus decretos no tendrán rival, tu mandato como el de Anu... Nadie entre los Dioses transgredirá tus límite»
Mientras el texto babilónico sugiere que la supremacía de Marduk fue puesta a prueba, confirmada y pronunciada en una sola sesión, otros textos relativos al proceso de toma de decisiones sugieren que la escena de la Asamblea en la cual participaron los cincuenta Dioses Superiores fue seguida por otra escena diferente de una reunión de los Siete Grandes Dioses Que Juzgan; y, después, el verdadero pronunciamiento de la decisión, del Hado o del Destino, lo llevó a cabo Enlil en consulta con o después del visto bueno de Anu.
De hecho, incluso los seguidores de Marduk reconocían la necesidad de este procedimiento paso a paso y el pronunciamiento final de Enlil en nombre de Anu. Hammurabi, el famoso rey babilónico, en el preámbulo de su famoso código legal, exaltaba la supremacía de su Dios Marduk con estas palabras:
El noble Anu, Señor de los Dioses que del cielo a la Tierra vinieron, y Enlil, Señor del cielo y la Tierra que determina los destinos del país, determinó para Marduk, el primogénito de Enki, la funciones-Enlil sobre toda la humanidad.
Los textos babilónicos afirman que esta transferencia de la autoridad de Enlil a Marduk se ejecutó y vino simbolizada por la concesión a Marduk de los cincuenta nombres. El último y el más importante de los nombres-poder que se le otorgaron fue el de Nibiru, el nombre del planeta al cual los babilonios rebautizaron como Marduk.

Las asambleas de los Dioses se convocaban en ocasiones no para proclamar nuevos Hados, sino para cerciorarse de lo que se había determinado tiempo atrás, en las Tablillas de los Destinos.

Los relatos bíblicos no sólo reflejan la costumbre real de plasmarlo todo por escrito en un pergamino o en una tablilla y sellar después el documento como evidencia a preservar; esta costumbre se atribuía a los Dioses (e indudablemente se aprendió de ellos). La cumbre de estas referencias se encuentra en el Cántico de Moisés, su testamento y profecía antes de morir. Ensalzando al todopoderoso Yahveh y su capacidad para proclamar y prever los Destinos, Moisés cita al Señor, que dice del futuro:
He aquí: Hay un secreto oculto en mí, guardado y sellado entre mis tesoros.
Los textos hititas descubiertos en la biblioteca real de su capital, Hattusa, contienen relatos de conflictos entre los Dioses que, ciertamente, sirvieron de fuentes próximas para los mitos griegos. En esos textos, los nombres de los Dioses de Antaño se dan como se habían conocido desde tiempos sumerios (como Anu, Enlil y Enki); o en hitita, para los Dioses conocidos del panteón sumerio (como Teshub, «El que Sopla el Viento», en lugar de Ishkur/Adad); o, a veces, para los Dioses cuya identidad resulta un tanto oscura. Hay dos cantos épicos relacionados con unos Dioses llamados Kumarbis e Illuyankas.
En el primer caso, Teshub exigía que las Tablillas del Hado («las viejas tablillas con las palabras del Hado») se recobraran de la morada de Enki en el sureste de África y se llevaran a la Asamblea de los Dioses.
En el otro, tras el conflicto y la competencia, los Dioses se reunían en la Asamblea para establecer orden y rangos, un orden y unos rangos que se representaron gráficamente en las paredes de roca del santuario sagrado conocido hoy como Yazilikaya.
Pero, sin duda, una de las Asambleas de los Dioses más trascendentales, prolongadas, amargas y literalmente fatídicas fue aquella en la que se decidió aprobar el uso de armas nucleares para volatilizar el espaciopuerto de la península del Sinaí.
Empleando principalmente un largo y detallado registro conocido como La Epopeya de Erra, hemos reconstruido el desarrollo de los acontecimientos, hemos identificado a protagonistas y antagonistas y hemos transcrito casi palabra por palabra (en La guerra de los Dioses y los hombres) las actas de la Asamblea. El resultado no intencionado de todo esto, como ya se ha mencionado, fue la desaparición de Sumer y el fin de la vida en sus ciudades.

Este suceso es también uno de los ejemplos más claros, aunque trágico, de cómo se pudieron entretejer Hado y Destino.
En Sumer, el golpe más duro se lo llevó su gloriosa capital, Ur, sede y centro de un Dios muy amado por el pueblo, Nannar/Sin (el Dios Luna) y de su esposa, Ningal.
Los textos de lamentaciones (Lamentación sobre la destrucción de Sumer y Ur, Lamentación sobre la destrucción de Ur) cuentan que, cuando se percataron de que el Viento Maligno que portaba la nube mortífera se dirigía hacia Sumer, Nannar/Sin acudió a su padre, Enlil, suplicándole ayuda, algún milagro divino que evitara la calamidad de Ur.
«¿No resultaba inconcebible -le preguntó a su padre-, ver cómo el orgullo de Ur, una ciudad renombrada por todo el orbe, perecía?»
Apeló a Anu: «Pronuncia, “¡Es suficiente!”»
Apeló a Enlil: «¡Pronuncia un Hado favorable!»
Pero Enlil no veía el modo de impedir el inminente final.

Desesperado, Nannar/Sin insistió en que los Dioses se reunieran en Asamblea. Cuando los Anunnaki superiores se sentaron, Nannar/Sin miró suplicante a Anu, a Enlil.
«Que no sea destruida mi ciudad, les dije -escribió Nannar/Sin posteriormente-. ¡Que no perezca el pueblo!»
Pero la respuesta, dada por Enlil, fue dura y decisiva:
A Ur se le concedió la Realeza; no se le concedió un reinado eterno.

martes, 24 de abril de 2012

Cronicas de la Tierra 03

03. LAS GENERACIONES DIVINAS

Tanto el zodiaco de doce partes como su antigüedad nos plantean dos incógnitas: ¿quién le dio origen y por qué se dividió en doce partes el círculo celestial?

Para responder hay que ir bastante más allá, para llegar a darse cuenta de que, por debajo de la aparente trascendencia astrológica de dividir los cielos en doce partes, hay una astronomía sumamente sofisticada, una astronomía tan avanzada de hecho que el Hombre, por sí mismo, no habría podido poseerla cuando tuvo su origen esta división del círculo celeste.

En su órbita anual alrededor del Sol, éste parece elevarse cada mes (una duodécima parte del año) en una estación diferente. Pero la que más importa, lo que se tuvo por crucial en la antigüedad y que determina la transición de Era en Era (de Tauro a Aries, de aquí a Piscis y pronto a Acuario), es la estación en la cual parece elevarse el Sol en el día del equinoccio de primavera . Da la casualidad de que la Tierra, en su órbita anual alrededor del Sol, no vuelve exactamente al mismo punto. Debido al fenómeno llamado Precesión, hay un ligero retraso que acumula un grado cada 72 años.
Este retraso (asumiendo que los doce segmentos sean iguales, 30 grados cada uno) necesita, así pues, 2.160 años (72 x 30) para que se dé un cambio en la salida del Sol en el día del equinoccio desde el fondo estrellado de una constelación zodiacal (por ejemplo, Tauro) a la anterior (por ejemplo, Aries). Mientras que la Tierra orbita al Sol en dirección contraria a las manecillas del reloj, este retraso hace que el Día del Equinoccio vaya hacia atrás.

Ahora bien, aun con la gran longevidad de tiempos sumerios/ bíblicos (Téraj 205 años de edad, Abraham 175 años), habría llevado toda una vida darse cuenta del retraso de uno (72 años) o dos (144 años) grados; un logro sumamente improbable si no se dispone del avanzado equipo astronómico que hubiera sido necesario. Si esto es así, cuánto más no habría hecho falta para percatarse y verificar un cambio completo de Era Zodiacal de 2.160 años.
Ni siquiera los patriarcas antediluvianos, con lo que los expertos consideran como longevidades «fantásticas» (el récord lo ostentan Matusalén con 969 años, y Adán con 930), habrían vivido lo suficiente como para observar todo un período zodiacal. Noé, el protagonista del Diluvio, vivió unos 950 años; sin embargo, en los registros sumerios de los acontecimientos se citaba la constelación zodiacal (Leo) durante la cual había sucedido.
Esto era sólo una parte de los conocimientos imposibles que poseían los sumerios.
¿Cómo podrían haber sabido todo lo que sabían? Ellos mismos ofrecieron la respuesta: todo lo que sabemos nos lo enseñaron los Anunnaki, «Los Que Del Cielo a la Tierra Vinieron». Y ellos, viniendo de otro planeta con un enorme período orbital y una longevidad en la cual un año equivale a 3.600 años terrestres, no tuvieron ninguna dificultad en discernir la Precesión y en diseñar el Zodiaco de doce secciones.

De toda la serie de textos que formaron la base de la ciencia y la religión de la antigüedad, y que se tradujeron más tarde a otras lenguas, incluido el hebreo bíblico, los relatos sumerios de los Anunnaki (de los antiguos Dioses) constituyen el material a partir del cual se forjó la «mitología». En las culturas occidentales, la primera mitología que nos viene a la cabeza es la de los griegos; pero ésta, como todas las mitologías de la antigüedad y como los panteones divinos de todas las naciones (de todo el mundo), surgieron de las creencias y de los textos originales sumerios.

Hubo un tiempo, dicen los sumerios, en el cual el Hombre civilizado no estaba aún sobre la Tierra, en el que no había más que animales salvajes y sin domesticar, y en el que aún no se cultivaba nada. En aquel lejanísimo tiempo, llegó a la Tierra un grupo de cincuenta Anunnaki. Dirigidos por un líder cuyo nombre era EA. (que significa «Aquel Cuyo Hogar Es el Agua»), vinieron desde su planeta madre, NIBIRU («planeta del cruce») y, al llegar a la Tierra, amerizaron en las aguas del Golfo Pérsico.
En un texto que los expertos conocen como el «mito» de Ea y la Tierra, se cuenta cómo ganó la costa el primer grupo hasta llegar a una zona pantanosa. Su primer trabajo consistió en drenar los pantanos, limpiar los canales de ribera y localizar fuentes de alimentos (que resultaron ser el pescado y la caza). Después, se pusieron a hacer ladrillos con la arcilla del suelo y fundaron el primer asentamiento extraterrestre en la Tierra. Lo llamaron ERIDÚ, que significa «Hogar en la Lejanía» u «Hogar lejos del hogar». Ese nombre es el origen del nombre «Tierra» en algunas de las lenguas más antiguas. La época: hace 445.000 años.

La misión de los astronautas era obtener oro, extrayéndolo de las aguas del golfo. Necesitaban el oro para la supervivencia en Nibiru, pues allí el planeta estaba perdiendo su atmósfera al tiempo que su calor interno, poniendo en peligro la continuidad de la vida en Nibiru. Pero el plan resultó inviable, y los líderes decidieron que habría que obtener el oro de la forma más dura: extrayéndolo de donde había de él en abundancia, del subsuelo del sureste de África.

El nuevo plan precisaba de un incremento sustancial del número de Anunnaki en la Tierra y, con el tiempo, alcanzaron la cifra de seiscientos. También se necesitaba una elaborada operación de embarque del oro refinado para transportarlo desde la Tierra en diversos suministros. Para ello, se utilizaron trescientos nibiruanos más como IGI.GI («Aquellos Que Observan y Ven»), que operaban en plataformas orbitales y lanzaderas. El soberano de Nibiru, AN («El Celestial», Anu en acadio) vino a la Tierra para supervisar la ampliación de presencia y de operaciones. Trajo con él a dos de sus hijos: su hijo EN.LIL («Señor del Mandato»), un amante de la disciplina estricta, para que hiciera el papel de jefe de Operaciones; y una hija, NIN.MA H («Dama Poderosa»), oficial médico jefe.

La división de tareas entre el pionero Ea y el recién llegado Enlil resultó complicada y, en determinado momento, en el que se llegó a un callejón sin salida, Anu llegó a estar dispuesto a quedarse en la Tierra, dejando a uno de sus hijos como virrey en Nibiru. Al final, lo echaron a suertes entre los tres. Anu volvió para reinar en Nibiru; a Enlil le tocó quedarse en la región original de aterrizaje y ampliarla en un E.DIN («Hogar de los Justos»). Su trabajo consistiría en fundar nuevos asentamientos, cada uno con una función específica (un espaciopuerto, un Centro de Control de Misiones, un centro metalúrgico, un centro médico, o como balizas de aterrizaje). Y a Ea le tocó organizar las operaciones mineras en el sudeste de África, una tarea para la cual él, como destacado científico que era, resultaba el más adecuado.

Pero que la tarea estuviera dentro de sus competencias no significaba que a Ea le gustara que su misión estuviera tan lejos del Edin. Así que, para compensarle por el traslado, se le dio el nombre-título de EN.KI, «Señor de la Tierra».

Enlil quizá pensara que aquello no era más que un gesto; pero Ea/Enki se lo tomó muy en serio. Aunque ambos eran hijos de An, no eran más que hermanastros. Ea/Enki era el primogénito, y normalmente habría sucedido a su padre en el trono. Pero Enlil era el hijo que había tenido Anu con su hermanastra y, según las normas de la sucesión de Nibiru, era el heredero legal, aún sin ser el primogénito. Ahora, los dos hermanos se encontraban en otro planeta frente a un conflicto potencial: si la misión a la Tierra se ampliaba, quizás hasta el punto de llevar a cabo una colonización permanente en otro planeta, ¿quién sería la autoridad suprema, el Señor de la Tierra o el Señor del Mandato?

El asunto se convirtió en un grave problema para Enki, a la vista de la presencia en la Tierra de su hijo Marduk, así como del hijo de Enlil, Ninurta; pues mientras el primero había nacido de la unión de Enki con su consorte oficial, el segundo había nacido de la de Enlil (en Nibiru) con su hermanastra Ninmah (cuando ambos estaban solteros; Enlil se casó con Ninlil en la Tierra, Ninmah nunca se casó). Y eso le daba a Ninurta prioridad sobre Marduk en la línea sucesoria.

Incansable tenorio, Enki decidió remediar la situación acostándose con su hermanastra, esperando al mismo tiempo tener un hijo con ella. Pero el acto sexual trajo una hija. Inexorable, Enki no perdió el tiempo en acostarse con la hija tan pronto como maduró; pero ésta también tuvo una hija. Y Ninmah tuvo que inmovilizar temporalmente a Enki para poner fin a sus pretensiones conyugales.

Aunque no pudo tener un hijo con su hermanastra, Enki no careció de otros descendientes varones. Además de MAR.DU K («Hijo del Montículo Puro»), que también había venido de Nibiru, estaban los hermanos NER.GAL («Gran Vigilante»), GIBIL («El del Fuego»), NIN.A.GAL («Príncipe de las Grandes Aguas») y DUMU.ZI («Hijo Que Es Vida»). No está claro que todos ellos fueran hijos de la esposa oficial, NIN.KI («Dama Tierra»); es casi seguro que el sexto hijo, NIN.GISH.ZID.DA («Señor del Artefacto/Árbol de la Vida»), fue el resultado de un amorío de Enki con la nieta de Enlil, Ereshkigal, yendo ésta de pasajera en la nave de él, en su camino desde el Edin a África. En un sello cilindrico sumerio se representa a Enki y a sus hijos .

Una vez Enlil se casó con su consorte oficial, una joven enfermera a la que se le dio el nombre-epíteto de NIN.LIL («Dama del Mandato»), ya nunca flaqueó en su fidelidad a ella. Juntos tuvieron dos hijos, el Dios Luna, NANNAR («El Brillante»), al cual se le conocería posteriormente como Sin entre los pueblos de lenguas semitas, y un hijo más joven, ISH.KUR («El de las Montañas»), que sería más conocido por el nombre de Adad, «El Amado» hijo.
Esta escasez de descendencia, comparada con el clan de Enki, podría explicar por qué los tres hijos de Nannar/Sin y de su esposa, NIN.GAL («Gran Dama»), fueron incluidos con rapidez en el liderazgo de los Anunnaki, a despecho de estar tres generaciones por detrás de Anu.
Fueron la antes mencionada ERESH.KI.GAL («Señora del Gran País») y los gemelos UTU («El Resplandeciente») e IN.ANNA («Amada de An»), el Shamash («Dios Sol») y la Ishtar (Astarté/Venus) de los panteones posteriores.
En el punto álgido de su presencia en la Tierra, los Anunnaki llegaron a sumar seiscientos, y los textos nombran a bastantes de ellos, indicando en la mayoría de los casos sus papeles o funciones.
El primer texto en el que se habla del amerizaje inicial de Enki nombra a algunos de sus tenientes y las tareas que tenían asignadas. También se nombra a los gobernadores de cada uno de los asentamientos establecidos por los Anunnaki, así como a los diez soberanos antediluvianos del Edin. Las descendientes femeninas nacidas como resultado de los tejemanejes de Enki se identificaron también, así como los maridos que se les asignaron. Recordados por sus nombres fueron los chambelanes y los emisarios de los principales Dioses, así como las deidades masculinas y femeninas encargadas de actividades específicas (por ejemplo, Ninkashi, encargada de la elaboración de cerveza).

A diferencia de la total ausencia de genealogía para Yahveh, el Dios bíblico, los «Dioses» Anunnaki estaban completamente al corriente de genealogías y de generaciones cambiantes. Como parte de los conocimientos secretos guardados en los templos, existían Listas de Dioses en las cuales los «Dioses» Anunnaki hacían una relación genealógica/generacional sucesiva. Algunas de las listas que se han descubierto nombran a no menos de veintitrés Parejas Divinas como precursores de Anu (y, por tanto, de Enlil y de Enki) en Nibiru.

Algunas listas nombran simplemente a los Dioses Anunnaki en sucesión cronológica; en otras, se anotó con cuidado el nombre de la madre divina junto con el del padre divino, pues según la madre se determinaba el estatus del descendiente bajo las Normas de Sucesión.

Por encima de todos ellos estaba siempre un círculo de doce Grandes Dioses, los precursores de los Doce Olímpicos del panteón griego. Comenzando con los Dioses de Antaño, cambiando después con los tiempos y las generaciones, la composición del Círculo de Doce varió, pero siempre fueron doce; cuando alguien causaba baja, otro se ponía en su lugar; cuando alguien tenía que ser elevado en rango, otro tenía que descender de categoría.

Los sumerios representaban a sus Dioses con unos distintivos gorros con cuernos , y en algún momento hemos sugerido ya que el número de pares de cuernos reflejaba el rango numérico de las deidades. El rango en el panteón sumerio original comenzaba con 60 (el número base en las matemáticas sumerias), el de Anu, y continuaba con 50, el del sucesor legal, Enlil, 40 para Enki, 30 para Nannar/Sin, 20 para Utu/Shamash y 10 para Ishkur/Adad. A los componentes femeninos se les daba el rango de 55, 45, 35 y 25, los de las esposas Antu, Ninlil, Ninki y Ningal; después, 15 para Ninmah, que no se casó, y 5 para la soltera Inanna/Ishtar; reflejando los cambios generacionales, la segunda ascendería al rango de 15 y Ninmah bajaría al de 5.

Merece la pena resaltar que los dos contendientes por la sucesión en la Tierra, Ninurta y Marduk, estaban fuera de la lista original de los «olímpicos».
Pero, cuando la pugna se puso al rojo vivo, el Consejo de los Dioses reconoció a Ninurta como sucesor legal y le asignó el rango de 50, el mismo que el de su padre, Enlil. A Marduk, por otra parte, se le dio un rango bajo, 10.
Estas clasificaciones se tenían por secretos divinos, y se revelaban sólo a «iniciados» sacerdotales elegidos. Las tablillas sobre las cuales se inscribieron los «números secretos de los Dioses» (como la tablilla K.170 del templo de Nínive) llevaban una prohibición estricta de mostrarla ante los la mudu’u -los «no iniciados».

Con frecuencia, mucha información acerca de los Dioses se registraba sin utilizar sus nombres, sino utilizando sus números secretos; por ejemplo, «el Dios 30» en lugar de Nannar/Sin.

En la tabla de la Fig. 20 se identifica a los Grandes Dioses por parentesco y rango, destacando a los doce Grandes Dioses. Pero, ¿por qué doce? Creemos que la respuesta se encuentra en otro importante problema que los Anunnaki tuvieron que afrontar cuando se vieron obligados a cambiar su misión en la Tierra, desde lo que fue la expedición original de extracción de oro hasta la del asentamiento a largo plazo, con casi mil individuos involucrados.
Desde su punto de vista, habían venido de un planeta con una órbita «normal» hasta otro que daba vueltas enloquecido alrededor del Sol, orbitándolo 3.600 veces en un año (un período orbital) de Nibiru.
Además de los ajustes físicos, hubo que relacionar de algún modo el tiempo terrestre con el tiempo nibiruano.
Tras establecer su sofisticado equipamiento en el Centro de Control de Misiones de Nippur (en una instalación llamada DUR.AN.KI, «Enlace Cielo-Tierra»), se dieron cuenta, cómo no, del retraso gradual de lo que llamamos precesión, y se percataron de que la Tierra, además del rápido año orbital, tenía otro ciclo más largo, el de los 25.920 años que le llevaba volver al mismo punto celeste, un ciclo que llegó a ser conocido como el Gran Año.

Como muestran las imágenes grabadas en sellos cilindricos, los Anunnaki consideraban que «la familia del Sol» constaba de doce miembros: el Sol (en el centro), la Luna (por las razones que se darán), los nueve planetas que conocemos en la actualidad, y uno más, su propio planeta, Nibiru. Para ellos, este número, doce, era el número básico que había que aplicar en todas las cuestiones celestes referentes al Enlace Cielo-Tierra, incluida la división del cielo estrellado alrededor del Sol. Utilizando sus detallados mapas celestes, agruparon las estrellas de cada segmento celeste en constelaciones.
¿Qué nombres les pondrían? ¿Por qué no ponerles el nombre de sus propios líderes?
Ahí estaba Ea, «Cuyo Hogar Es Agua», que había amerizado en la Tierra, en las aguas del Golfo Pérsico, que le encantaba navegar en barca por los pantanos, que llenó los lagos de peces.
Le honraron poniendo nombres a dos constelaciones, la del Aguador (Acuario) y la de los Peces (Piscis); en tiempos sumerios, se le representaba así en los sellos cilindricos , y los sacerdotes que supervisaban su culto iban vestidos como Hombres Peces. A Enlil, fuerte, cabezota y comparado con frecuencia con un toro, se le honró nombrando a su constelación como la del Toro (Tauro). A Ninmah, deseada pero nunca casada, la honraron con la constelación de Virgo. A Ninurta, llamado con frecuencia el Primer Guerrero de Enlil, se le honró con el Arco, Sagitario; al primogénito de Ea, terco y obstinado, se le asemejó con el Carnero (Aries).
Y cuando nacieron los gemelos Utu/Shamash e Inanna/Ishtar, se hizo corresponder con ellos una constelación, Géminis (los Gemelos). (Como reconocimiento al papel de Enlil y de Utu en las actividades espaciales de los Anunnaki, los sacerdotes enlilitas se vestían como Hombres Águilas)
Con los cambios de rango jerárquicos, y con la aparición en la escena de la Tierra de una segunda y una tercera generación de Anunnaki, el resto de constelaciones zodiacales se les asignaron a sus homólogos Anunnaki.
No hombres, sino Dioses, diseñaron el zodiaco. Y el número, no importa los cambios que pudiera haber, siempre sumaba doce.

Después de cuarenta «repeticiones» (órbitas) de Nibiru desde su llegada, los Anunnaki destacados a las minas de oro se amotinaron. En un texto titulado Atra Hasis se relatan los acontecimientos previos al motín, el propio motín y sus consecuencias. La más importante fue la creación de El Adán: el texto cuenta cómo vino a la existencia la Humanidad. Instigado por Enki, el motín se dirigió en primer lugar contra Enlil y su hijo NIN.UR.TA («Señor Que Completa la Fundación»).
Enlil exigió que a los amotinados se les diera el máximo castigo; Enki dio cuenta de la imposibilidad de continuar con tan duro trabajo; Anu se puso del lado de Enki. Pero todavía hacía falta oro para la supervivencia; de modo que, ¿cómo se obtendría?

En el momento de la crisis, Enki salió con una sorprendente sugerencia ante los líderes Anunnaki:
¡Creemos -dijo- un Trabajador Primitivo que sea capaz de hacer el trabajo!
Cuando el sorprendido Consejo de los Dioses preguntó cómo se podía crear un nuevo ser, Enki explicó que el ser que él tenía en mente «ya existe»: un homínido que ha evolucionado en la Tierra, pero que aún no había alcanzado el estadio evolutivo de los Anunnaki. Todo lo que tenemos que hacer, dijo, es «poner la marca de los Dioses» en ellos, alterarlos genéticamente para que se parezcan a los Anunnaki.

En la Biblia se habla también de la discusión y de la solución sugerida:

Y los Elohim dijeron:« Hagamos al Hombre a nuestra imagen y semejanza»

Un ser que se pareciera a los Anunnaki tanto física como mentalmente. Enki prometió que este ser «se encargará del servicio de los Dioses, para que estos puedan relajarse».
Seducidos por las perspectivas de alivio del duro trabajo, los Dioses accedieron.
En varios textos sumerios se relata cómo, con la ayuda de Ninmah, y después de muchos ensayos y errores, se llegó a crear un Lullu, un «Mezclado». Con la satisfacción que daba el haber obtenido un «modelo perfecto», Ninmah lo levantó en alto y gritó: «¡Lo han hecho mis manos!»

Ella creía que aquel instante marcaba un acontecimiento trascendental. Lo mismo hubiéramos pensado nosotros, pues, en la imagen que de ese momento hizo un artista sumerio sobre un sello cilindrico , se nos muestra el acontecimiento más trascendental de la historia de la Humanidad: el instante en el cual nosotros, los Homo sapiens, aparecimos en la Tierra.

Utilizando esta exitosa combinación genética, comenzó el lento proceso de hacer duplicados, un proceso que ahora llamamos clonación. La reproducción, que precisó de mujeres Anunnaki para que hicieran de Diosas del Nacimiento, clonaba al Trabajador Primitivo en series de siete varones y siete hembras. La Biblia (Génesis, capítulos 1 y 5) nos lo cuenta así:

En el día en que los Elohim crearon el Adán, a semejanza de los Elohim lo hicieron; varón y hembra los crearon.

Pero la clonación era un proceso lento, y requería del servicio de las Diosas del Nacimiento, porque el nuevo ser, como híbrido que era, no podía procrear por sí mismo. Así, para acelerar el proceso, Enki llevó a cabo una segunda hazaña de ingeniería genética, pero esta vez por iniciativa propia. Enredando con lo que llamamos ahora cromosomas X e Y, le dio a la raza humana la capacidad para procrear por sí misma.
La Biblia registró este acontecimiento en el relato de Adán y Eva en el Jardín del Edén (el sumerio E.DIN), en el cual Enki juega el papel de la Nachash, término que se traduce por «serpiente» pero que también significa «El que conoce/posee secretos».

Por su parte, Enlil, aunque había votado por el experimento genético, lo había hecho no sin cierta reluctancia. A diferencia del gran científico, Enki, a Enlil no le excitaba el desafío científico. Incluso, podríamos imaginarle diciendo: «No hemos venido a otro planeta para jugar a ser Dios»... Enlil se enfureció cuando Enki llevó a cabo su segunda (y no autorizada) manipulación genética. «Has hecho el Adán para que sea como uno de nosotros», capaz de procrear, le gritó; ¡un paso más, y habría comido también del fruto del Árbol de la Vida!

Así, se desterró a la Humanidad del Jardín del Edén, para que se valiera por sí misma; pero, en vez de marchitarse, proliferó y llenó la Tierra. El disgusto de Enlil aumentó cuando los jóvenes Anunnaki empezaron a fraternizar con las Hijas del Hombre, incluso tuvieron hijos con ellas. En la Biblia (Génesis, capítulo 6), la historia de los Nefilim («Aquellos Que Bajaron»), los «hijos de los Elohim» que se casaron con hembras humanas, sirve de preámbulo a la historia del Diluvio, la explicación de la decisión de barrer a la Humanidad de sobre la faz de la Tierra.

Enlil planteó su plan ante el Consejo de los Dioses. Una gran calamidad, dijo, está a punto de ocurrir. Nibiru, en su próximo paso, provocará una gigantesca marea que anegará la Tierra. ¡No advirtamos a la Humanidad, que toda carne perezca! Los Dioses accedieron y juraron guardar el secreto. También lo hizo Enki; pero encontró una forma de advertir a su fiel adorador Ziusudra («Noé» en la Biblia), y le dio instrucciones para que construyera un Arca para salvar a su familia y a sus amigos, así como para preservar la «simiente» de los animales vivos.

La historia de la Gran Inundación es una de las más largas de la Biblia; sin embargo, aun con lo larga que es, no es más que una versión reducida de los mucho más largos y detallados textos sumerios y acadios que tratan de este decisivo acontecimiento. Con posterioridad a él, hasta Enlil se ablandó. Al darse cuenta de que todo lo que los Anunnaki habían construido en la Tierra había quedado destruido, tomó conciencia de que necesitaban la compañía de la Humanidad para hacer habitable de nuevo la Tierra.
Con el consentimiento de Enlil, los Anunnaki empezaron a instruir a la Humanidad cultural y tecnológicamente, en intervalos que duraron 3.600 años (correspondientes al período orbital de Nibiru). La culminación del proceso fue la gran civilización sumeria.

En la víspera del Diluvio, los Anunnaki usaron sus naves para escapar de la calamidad, observando el caos y la destrucción desde los cielos de la Tierra. No sólo pereció la Humanidad: todo lo que los Anunnaki habían construido en los últimos 432.000 años fue barrido de sobre la faz de la Tierra o enterrado bajo gruesas capas de lodo; y en esto se incluía el espaciopuerto que tenían en el E.DIN.

Así que la marea comenzó a retroceder, pudieron descender de sus naves orbitales en los picos más altos de Oriente Próximo, los de Ararat. Cuando apareció más tierra seca, pudieron utilizar el Lugar de Aterrizaje, una enorme plataforma de piedra que se había erigido antes del Diluvio en las Montañas de los Cedros, en lo que ahora es Líbano. Pero, para reanudar las operaciones espaciales, necesitaban un espacio puerto; y se tomó la decisión de construirlo en la península del Sinaí. Al igual que antes del Diluvio, el Corredor de Aterrizaje se ancló en los visibles picos gemelos del Ararat; se incluyó el Lugar de Aterrizaje; se seleccionó un nuevo Centro de Control de Misiones (para sustituir al que había habido en Nippur antes del Diluvio); y se levantaron dos picos gemelos artificiales para anclar la terminal del Corredor de Aterrizaje: las dos grandes pirámides de Gizeh en Egipto.

Preocupados por las crecientes rivalidades entre lo que había terminado por asemejarse a dos clanes diferentes en la Tierra, la ubicación del espaciopuerto y de sus instalaciones auxiliares tomó una importancia decisiva. Para minimizar las fricciones, se formalizó de jacto una división de los dominios entre Enlil, en el Edin, y Enki, en el Abzu; al primero y a sus descendientes se les concedió el dominio sobre Asia y las partes más cercanas de Europa; al segundo, todo el continente africano.
Esto significaba que el Lugar de Aterrizaje antediluviano y el nuevo Centro de Control de Misiones estaban en territorio enlilita, y que las grandes pirámides, con sus complejos sistemas de guía, estaban en manos de Enki. Se resolvió por tanto ubicar la región del espaciopuerto, es decir, la península del Sinaí, en manos neutrales, en las manos de Ninmah. Para señalar el acontecimiento, se le dio a ella un epíteto-título nuevo: NIN.HAR.SAG, «Dama de los Picos Montañosos».

Nuestra hipótesis de que los Dioses de Egipto no fueron otros que Enki y su clan puede parecer traída por los pelos en una primera impresión. ¿Acaso, para empezar, sus nombres no eran completamente diferentes? Por ejemplo, al gran Dios de Antaño de los egipcios se le llamó PTAH, «El Desarrollador» (o Constructor); pero ése era también el significado del epíteto sumerio de Enki NUDIMMUD, «El Hacedor de Artificios».
Él era el Conocedor de Secretos, la Serpiente Divina, en ambos panteones; y (recordando su epíteto «cuyo hogar es agua») se le representó en ambos como al Divino Aguador , nuestro Acuario. En el panteón egipcio, la Señora del Sinaí era HATHOR, apodada «La Vaca» en su ancianidad; también se le apodó así a Ninharsag en Sumer cuando envejeció.

El principal hijo y sucesor de Enki en Egipto fue RA, «El Puro», que se correspondería con Marduk, «Hijo del Montículo Puro», en Mesopotamia. Otras muchas similitudes entre ambos se han expuesto en ha guerra de los Dioses y los hombres. También se han expuesto las razones para identificar al Dios egipcio THOT, hijo de Ptah y guardián de los conocimientos secretos divinos, como el Dios Ningishzidda de los textos sumerios.

Con el tiempo, Ptah/Enki le entregó el cetro de Egipto a su hijo Marduk/Ra; pero esto no le aplacó. Él seguía afirmando que su derecho de nacimiento era reinar sobre toda la Tierra, y eso le llevó a una serie de conflictos con los enlilitas, conflictos de los que ya hablamos: las Guerras de la Pirámide. En determinado momento (hacia el 8700 a.C, según nuestros cálculos), fue forzado a dejar Egipto; según Manetón (un sacerdote egipcio que plasmó por escrito, en tiempos griegos, la historia y la prehistoria de Egipto), se le asignó el reinado entonces a Thot, el hermano de Marduk. ¿Adonde fue Marduk/Ra?
No se puede descartar la posibilidad de que fuera enviado de vuelta a Nibiru (los egipcios le llamaban el Planeta del Millón de Años).
Un antiguo texto egipcio aparecido en las tumbas faraónicas, titulado La Asignación de Funciones a Thot, muestra a Ra transfiriendo sus poderes a Thot y designándolo como,
«Thot, el Que Toma el Lugar».
«Tú estarás en mi lugar -anuncia Ra-, el Que Toma el Lugar».
Al explicar dónde se encuentra, Ra le dice a Thot:
«Estoy aquí, en el cielo, en mi lugar».
El hecho de que una parte de su ausencia, la época de los semidioses, durara 3.650 años (casi exactamente la media de la órbita de Nibiru, 3.600 años), sugiere claramente que fuera allí donde Ra/Marduk pasara su exilio de la Tierra. Hay textos, tanto egipcios como mesopotámicos, que hablan de un difícil viaje espacial que se llegó a hacer especialmente peligroso en las cercanías de Saturno, y que bien puede que se trate del viaje de regreso de Ra/Marduk a la Tierra.

A su vuelta, Ra/Marduk se encontró con una Tierra difícilmente reconocible. En el período transcurrido, la civilización sumeria había florecido hasta su cima. Allí, además de la ampliación de los aposentos de Enlil y de Enki hasta convertirlos en recintos sagrados rodeados de bulliciosas ciudades (Nippur y Eridú respectivamente), también se habían fundado Ciudades Del Hombre. La recién creada institución de la Realeza había sido inaugurada en una nueva ciudad, Kis, bajo la égida de Ninurta.
A Nannar/Sin se le había dado el señorío de un nuevo centro urbano llamado Ur. Un recinto sagrado, construido para una visita de Anu y Antu, se había ampliado hasta convertirse en la ciudad de Uruk (la bíblica Erek), y se le había dado como regalo a Inanna/Ishtar. Se habían formalizado las funciones del sacerdocio; se había introducido un calendario, el famoso Calendario de Nippur, basado en unos sofisticados conocimientos astronómicos y en las festividades oficiales. Dio comienzo en el 3760 a.C, y todavía se utiliza como calendario hebreo.

El recién regresado Marduk debió de gritar a su padre y al Consejo de los Dioses: ¿Y qué pasa conmigo? Puso sus ojos en un lugar que no estaba lejos de donde había estado el espaciopuerto antediluviano, y decidió que lo convertiría en un Bab-lli, un «Pórtico de los Dioses» (de ahí, su nombre de Babilonia). Pretendía que fuera una expresión simbólica y real de su supremacía. Lo que sucedió después viene registrado en la Biblia como el incidente de la Torre de Babel; tuvo lugar en Shine’ar (el nombre bíblico de Sumer).
Allí, los seguidores del Dios de Babilonia se pusieron a construir «una torre cuya cima llegue a los cielos» (una torre de lanzamiento, la llamaríamos hoy). «Hagamos un Shem», dijeron, no un «nombre», como se traduce habitualmente, sino el significado original de la fuente sumeria de la palabra MU: un objeto similar a un cohete. Según nuestros cálculos, era hacia el 3450 a.C. Bajando de los cielos, el líder de los Elohim ordenó que se destruyera la torre.

Tanto la versión bíblica como los textos mesopotámicos dan cuenta de que fue después de esto cuando los Elohim decidieron «confundir la lengua de la Humanidad», para impedir que la Humanidad actuara de común acuerdo. Hasta entonces, «había una lengua y un tipo de palabras en toda la Tierra» (Génesis 11,1). Hasta entonces, hubo de hecho una sola civilización, la de Sumer, con un único lenguaje y una única forma de escribir (Fig. 24a).
Después de este incidente en Babilonia, se estableció una segunda civilización, la del Nilo (Egipto y Nubia), con su propia lengua y escritura (Fig. 24b); y varios siglos más tarde, la tercera civilización, la del Valle del Indo, dio comienzo con su propia lengua y escritura (Fig. 24c), una escritura que sigue aún sin descifrar.
Así, se le asignaron tres Regiones a la Humanidad; la Cuarta Región la conservaron los Dioses: la península del Sinaí, donde estaba el espaciopuerto.
Desafiado en Mesopotamia, Ra/Marduk volvió a Egipto para reimponer su supremacía allí como el Gran Dios de la nueva civilización.
Fue hacia el 3100 a.C. Hubo, claro está, un pequeño problema: qué hacer con Thot, que había sido la deidad reinante en Egipto y Nubia en ausencia de Ra/Marduk. Sin ningún tipo de ceremonia, fue apartado... En Los reinos perdidos, sugerimos que, tomando con él a un grupo de seguidores africanos, se fue hasta el Nuevo Mundo para convertirse en Quetzalcóatl, el Dios Serpiente Alada. El primer calendario que instituyó en Mesoamérica (el calendario de la Cuenta Larga) comenzó en el año 3113 a.C; creemos que fue ésa la fecha exacta de la llegada al Nuevo Mundo de Thot/Quetzalcóatl.

Rabioso aún por su fracaso en Mesopotamia, el amargado Marduk volvió para saldar otras cuentas. Durante su ausencia, unos «Romeo y Julieta» divinos (su hermano Dumuzi e Inanna/Ishtar, la nieta de Enlil) se habían enamorado y se iban a prometer. Aquella unión era anatema para Ra/Marduk; le alarmaban especialmente las esperanzas de Inanna de convertirse en Señora de Egipto por medio del matrimonio. Cuando los emisarios de Marduk fueron a detener a Dumuzi, éste resultó muerto de forma accidental cuando intentaba escapar. De su muerte se hizo responsable a Marduk.

Se han descubierto textos en diversas copias y versiones que ofrecen detalles del juicio de Marduk y de su castigo: ser enterrado vivo en la Gran Pirámide, que fue herméticamente sellada para crear una prisión divina. Disponiendo sólo de aire para respirar, pero sin agua ni comida, Marduk estaba sentenciado a morir en aquella colosal tumba.
Pero su esposa y su madre apelaron a Anu para que se le conmutara la sentencia de muerte por la de exilio. Utilizando los planos originales de construcción de la pirámide, se excavó y perforó un conducto de escape hasta los pasadizos, por encima de los enormes tapones. El retorno de Marduk de una muerte segura y su salida de la tumba fueron aspectos que llevaron a ver estos textos (titulados por los primeros traductores como «La Muerte y la Resurrección del Señor») como precursores del relato de muerte, entierro y resurrección de Jesús en el Nuevo Testamento.

Ra/Marduk, al ser sentenciado al exilio, se convirtió en Amén-Ra, el Dios invisible. Sin embargo, esta vez estuvo vagando por la Tierra. En un texto autobiográfico en el cual se profetizaba su regreso, Marduk hablaba así de sus andanzas: Yo soy el divino Marduk, un gran Dios. Fui expulsado por mis pecados. A las montañas he ido, en muchas tierras he sido un vagabundo. Desde donde el Sol se eleva hasta donde se pone he ido.

Y fuera donde fuera, seguía preguntando a los Dioses del Hado: «¿Hasta cuándo?»

Se dio cuenta de que la respuesta referente a su Hado venía de los cielos. La Era del Toro, la era que zodiacalmente pertenecía a Enlil y a su clan, estaba terminando. Se estaba acercando el momento en que, en el primer día de la primavera, en el día de Año Nuevo en Mesopotamia, el Sol se elevaría en la constelación zodiacal del Carnero (Aries), su constelación. ¡El ciclo celestial de los Hados auguraba su supremacía, la supremacía de Marduk!

Pero no todos estaban de acuerdo. ¿Era esto así debido a cálculos temporales, o era un fenómeno celestial observable? A Marduk le importaba un bledo; lanzó una marcha sobre Mesopotamia, mientras su hijo, Nabu, organizaba a sus seguidores para invadir el Sinaí y hacerse con el espaciopuerto. La escalada del conflicto se relata en un texto conocido como La Epopeya de Erra, donde se cuenta que, al no ver otra opción, los Dioses que se oponían a Marduk utilizaron armas nucleares para destruir el espaciopuerto (y, de paso, las ciudades infieles de Sodoma y Gomorra).

Pero el Hado se puso de parte de Marduk. Los vientos predominantes del oeste llevaron la mortífera nube nuclear hacia el este, hacia Sumer. Babilonia, más al norte, se salvó. Pero, en el sur de Mesopotamia, el Viento Maligno trajo una muerte repentina y una desolación duradera. La gran capital de Sumer, Ur, se convirtió en campo de correrías para los perros salvajes.
Y así, a despecho de los extraordinarios esfuerzos de los oponentes de Marduk, La Era del Carnero se puso en marcha con el ascenso de Babilonia.
 

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